
Marco Rubio volvió a colocar a Cuba en el centro del discurso de Washington. En una entrevista con Fox News, el secretario de Estado estadounidense calificó a la Isla como un “Estado fallido”, cuestionó su sistema político y económico y sostuvo que Cuba necesita una transición hacia mayor libertad política y económica. También advirtió que quienes dentro del Gobierno cubano crean que pueden esperar a que termine la administración Trump “aprenderán la lección por las malas”.
Pero las palabras de Rubio abren una pregunta que va más allá de Cuba: ¿con qué vara está midiendo Washington la democracia y las libertades?
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Rubio sostuvo que Cuba no puede alcanzar libertad económica sin libertad política y que ambas transformaciones tendrían que producirse conjuntamente. Es una posición política claramente expresada por el funcionario estadounidense.
El problema aparece cuando ese mismo criterio se aplica a Estados Unidos. En septiembre, un juez federal ordenó al Gobierno de Donald Trump restaurar el acceso a la Casa Blanca de periodistas de CNN, MS NOW y Politico, después de considerar que la prohibición probablemente violaba garantías de la Primera Enmienda y del debido proceso.
Este no es un episodio aislado, Trump gobierna de forma autoritaria a Estados Unidos, convirtiéndolo en una dictadura. Su actuar demuestra que dentro de la democracia estadounidense existen conflictos reales sobre libertad de prensa, poder presidencial y límites al Gobierno.
La democracia también debe medirse hacia adentro
La contradicción resulta todavía más interesante cuando se observa la política exterior. Un análisis publicado este mes por Carnegie Endowment sostiene que la administración Trump ha reducido considerablemente el tradicional papel de Estados Unidos como promotor internacional de la democracia, incluyendo una fuerte reducción de programas de supuesta ayuda democrática y un cambio en la manera de relacionarse con otros gobiernos.
Por eso, cuestionar el discurso de Rubio no significa negar los problemas internos que puedan existir. La crisis económica, la emigración masiva y las deficiencias de las instituciones cubanas, serían asuntos que merecieran ser discutidos con seriedad, si no existiera el Bloqueo. Resulta imposible explicar la realidad cubana ignorando el impacto de la política estadounidense: Reuters señaló que las actuales restricciones sobre el suministro de petróleo han agravado la escasez de combustible y los apagones en la Isla.
No solo este medio se ha hecho eco de esta noticia; hay que estar en Cuba para saber todas las carencias y necesidades que hoy atraviesa su población. Los mayores responsables: la política aplicada por la administración Trump en este segundo mandato; teniendo como ideólogo a Rubio. Este personaje, quien dice ser cubano, ha experimentado todas las formas de criminalizar a la población cubana. Tal pareciera que tuvo algún fetiche en su pasado con la Isla.
La pregunta que queda
Rubio tiene derecho a defender la política de Washington; sin embargo, no tiene ni el más mínimo derecho a exigir cambios en Cuba. Si la libertad política es el estándar, pues ese estándar, debería ser coherente. Debería empezar por la Casa Blanca.
Porque la discusión de fondo no debería ser quién tiene el monopolio de la palabra “democracia”. Debería ser algo cuestionable:
¿Estamos dispuestos a exigir las mismas libertades, los mismos derechos y límites al poder, cuando el único Gobierno que debe cumplirlos es el nuestro?
Lo que si queda claro es que Marco Rubio no es cubano, ni estadounidense; tampoco es demócrata y mucho menos republicano. Es como lo llamó Trump en 2016: Un Republican In Name Only; en español, Republicano solo de nombre (RINO).
