
Si en las dos primeras partes analizamos el desgaste militar de Estados Unidos tras el conflicto con Irán y el tsunami migratorio que colapsaría a Florida, en esta tercera y última entrega elevamos la mirada al tablero global. Porque una guerra contra Cuba no ocurriría en el vacío. Activaría condenas internacionales inmediatas, fracturaría alianzas hemisféricas históricas y enfrentaría a la primera potencia mundial contra una doctrina defensiva de 60 años, diseñada con un único propósito: hacer imposible la victoria del invasor.
Hablemos claro: el derecho internacional ya tiene un expediente construido contra Washington. Los Procedimientos Especiales de la ONU han documentado la crisis humanitaria, el Caribe ha blindado la región como “Zona de Paz”, y Cuba lleva todo el 2026 preparándose para lo que su gobierno denomina el “Año de la Defensa”. La pregunta ya no es si Estados Unidos puede ganar militarmente (puede), sino qué cenizas quedará después.
El expediente jurídico: Por qué Washington ya está condenado

No es retórica política: el marco legal que condena un ataque contra Cuba ya existe, está documentado y, lo más irónico, ha sido construido en parte por instituciones y voces dentro del propio Estados Unidos.
El 6 de agosto de 2026, los expertos independientes de derechos humanos de la ONU emitieron una declaración conjunta firmada por cinco relatores especiales. Su contenido es demoledor: las sanciones estadounidenses son “un intento de alterar el orden constitucional de un Estado soberano mediante amenazas y coerción”, y sus consecuencias humanitarias “ya se están convirtiendo en una crisis plena”.
Pero hay una frase que resuena como un trueno en los pasillos de Washington: los expertos urgen a actuar para evitar que se despliegue una “Gaza silenciosa” en la isla. Esta expresión fue atribuida explícitamente a cuatro congresistas demócratas de Estados Unidos que visitaron La Habana este año.
Las cifras que respaldan esta condena son concretas y escalofriantes:
- Mortalidad infantil duplicada hasta 9,9 por 1.000 entre 2018 y 2025.
- Medicamentos esenciales disponibles solo en torno al 30 % de los niveles habituales.
- Ocho apagones nacionales registrados en lo que va de 2026.
El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos lo dejó claro en junio: privar a sabiendas a una población de los medios para subsistir “atenta contra las garantías más básicas del derecho a la vida”.
Y aquí viene lo que Washington no puede ignorar: el 9 de septiembre, el Consejo de Derechos Humanos respaldó el informe de la relatora especial Alena Douhan, quien recomienda levantar las medidas coercitivas y cesar la designación de Cuba como patrocinador del terrorismo. La tendencia en la Asamblea General es clara. Aunque los votos a favor de levantar el bloqueo bajaron de 187 en 2024 a 165 en 2025, un ataque militar revertiría inmediatamente esa tendencia hacia un unanimismo global en contra.
El Caribe y América Latina: La fractura hemisférica

El Caribe no está ajeno. El 27 de mayo de 2026, el Consejo de Relaciones Exteriores y Comunitarias de CARICOM emitió una declaración que afirma el derecho soberano de Cuba a importar combustible. Condenan su obstrucción como causa de “una grave crisis humanitaria” y expresan alarma ante las declaraciones que sugieren una agresión militar.
La frase clave de la declaración es una línea roja: “cualquier acción de ese tipo infligiría sufrimiento humano innecesario, impondría graves costos materiales y desestabilizaría fundamentalmente la arquitectura de seguridad de toda la región del Caribe”.
Sin embargo, hay una fractura visible: Guyana y Trinidad y Tobago reservaron su posición ante la evidente presión de EEUU y temor a represalias. ¿La razón? Son precisamente los dos Estados que albergan ejercicios militares conjuntos con Estados Unidos en el marco de la Operación Lanza del Sur, y muy sensibles a presiones de un país que los puede ahogar en un chasquido de dedos. Esa línea de fractura dibuja el futuro inmediato: el Caribe anglófono no alineado versus los socios estratégicos de Washington.
En América Latina, el cuadro es de fragmentación aparente, pero una guerra contra Cuba lo convertiría en polarización total en su favor. Washington ha construido una coalición aparentemente funcional (“Escudo de las Américas”) con Argentina, Colombia, Ecuador, República Dominicana, Trinidad y Tobago y Bolivia. Frente a ella, se erige un bloque liderado por México, Brasil, Nicaragua, y el Caribe anglófono no alineado.
México es el caso crítico. La presidenta Claudia Sheinbaum respondió el 30 de marzo que México “tiene todo el derecho” a enviar combustible a Cuba, por razones humanitarias o comerciales. La prensa mexicana plantea el dilema sin eufemismos: “escoger entre Cuba y el T-MEC”. Entre octubre de 2024 y noviembre de 2025, México había exportado a Cuba 1.106 millones de dólares en petróleo. Una guerra forzaría a México a elegir, y esa elección rompería la relación con Washington durante una generación entera.
Mientras Brasil condena, Uruguay envía ayuda humanitaria autorizada por Washington, y Nicaragua expresa “firme solidaridad” con Cuba, el efecto real sería la convergencia histórica de México y Brasil —las dos mayores economías de América Latina— contra Washington en una crisis hemisférica. Es exactamente el efecto que la diplomacia estadounidense lleva décadas intentando evitar.
La defensa cubana: Un ejército sin combustible pero con doctrina

Aquí hay que bajar al terreno de los datos, porque la diferencia entre una doctrina escrita en un papel y una doctrina ensayada en el terreno es exactamente lo que determina si funciona.
Cuba declaró el 2026 como el “Año de Preparación para la Defensa”. Ejecuta el Día Nacional de la Defensa cada viernes desde enero, con ejercicios territoriales en municipios y zonas de todo el país. Realizó el Ejercicio Meteoro 2026 el 15 de mayo, descrito oficialmente como “pilar esencial para la preparación del pueblo cubano”. Se han difundido entrenamientos con fusiles, drones y minas antitanque, además de ejercicios de artillería con fuego real dirigidos por el ministro de las FAR, Álvaro López Miera.
Pero lo más importante es la estructura territorial. La cadena de mando es descentralizada: Consejo de Defensa Nacional (presidido por el presidente Díaz-Canel) → consejos provinciales → municipales → consejos de defensa de zona. Estos últimos integran a las Milicias de Tropas Territoriales (MTT), las Brigadas de Producción y Defensa (BPD), los destacamentos voluntarios de respuesta rápida, el Ejército Juvenil del Trabajo y la población organizada por circunscripción.
Dos casos documentados ilustran la densidad de esta estructura:
- Zona Colón–Nuevo Vedado, municipio Plaza de la Revolución, La Habana (9 de octubre de 2026): Territorio de unos 2 km² con más de 15.000 habitantes, organizados en 12 circunscripciones. Dispone de 28 Brigadas de Producción y Defensa y un batallón de las MTT. Ha realizado dos ejercicios de evacuación con las “personas a proteger” (ancianos, niños, embarazadas, personas con discapacidad). Más del 40 % de sus habitantes tiene 65 años o más.
- Zona de Playa Baracoa, municipio Bauta, Artemisa (20 de marzo de 2026): Más de 8.000 habitantes y 45 km de línea de costa. Se activaron las cinco zonas de defensa del municipio. El ejercicio táctico incluyó unidades regulares de infantería, pequeñas unidades de MTT y BPD, zapadores, fuerzas antiaéreas y unidades de la Fuerza Aérea, simulando la protección de tropas y población ante un golpe aéreo.
¿Qué significa esto? Que no hay un centro de gravedad único. Un sistema distribuido en miles de consejos de zona, cada uno con mando propio, plan de aviso, plantillas actualizadas y ejercicios practicados, no se colapsa asesinando a los líderes. La defensa es también administración: los consejos de zona gestionan agua, electricidad, alimentos, atención a jubilados y vulnerables, saneamiento y producción local. La estructura que resistiría al invasor es la misma que sostiene a la población: destruirla es destruir la capacidad de supervivencia civil; no destruirla es dejar intacto el aparato de resistencia.
Las capacidades materiales, según estimaciones de fuentes abiertas sistematizadas por el Miami Herald en mayo de 2026, reflejan esta realidad:
| Componente | Estimación | Observación |
|---|---|---|
| Efectivos activos | 45.000–50.000 | Fuerza regular |
| Reservistas | 39.000–40.000 | Movilizables |
| Milicias de Tropas Territoriales | ~1.150.000 | Formaciones civiles a tiempo parcial |
| Tanques | 200–400 (T-54, T-55, T-62) | Muchos en almacenamiento |
| Blindados ligeros | >1.200 | BMP-1, BTR-50/60/152 |
| Artillería | ~200 BM-21 Grad, ~140 autopropulsadas | Más sistemas improvisados nacionales |
| Cazas operativos | 0–20 | La rama más degradada |
| Defensa antiaérea | ~144 lanzadores S-125 Pechora | Obsoleta pero densa |
| Marina | 33 buques | Sin capacidad oceánica |
La síntesis del Miami Herald es la más útil disponible: las FAR “funcionan menos como un ejército expedicionario moderno que como un sistema defensivo diseñado para preservar el régimen y complicar cualquier intento extranjero de intervención”.
Pero hay una vulnerabilidad decisiva: el combustible. Todo lo anterior depende de un recurso que Cuba ya no tiene. Juan González, exdirector para el Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional, fue contundente al descartar la amenaza de los drones: “¿Tienen 300 drones? Tal vez. Pero es un arsenal de broma si la historia es cierta, y no hay ninguna información que apoye la idea de que planean atacar Gitmo (La Base Naval de Guantánamo). Apenas tienen combustible para las patrullas navales. Esto es un pretexto perezoso para el uso de la fuerza.”
Aquí surge una consecuencia contraintuitiva: el bloqueo ya ha forzado a Cuba a ejecutar, en tiempo de paz, la transición a la guerra asimétrica que su doctrina reserva para tiempo de guerra. Un ejército sin combustible no puede maniobrar; pero tampoco necesita maniobrar si su misión es defender su propio territorio desde posiciones preparadas, con milicias que combaten a pie en su propia barriada. Lo que el cerco ha destruido es la capacidad de la sociedad, no la de la resistencia.
El presidente Díaz-Canel declaró el 2 de julio: “No queremos la guerra, pero no le tememos”. En mayo advirtió que una agresión estadounidense provocaría una “carnicería” (bloodbath) y sostuvo que Cuba tiene “el derecho absoluto y legítimo a defenderse”. La Asamblea Nacional advirtió en julio que una intervención encontraría una “férrea e inclaudicable resistencia”.
La trampa de la victoria: ¿Quién gobierna después?

Es la pregunta sin respuesta. El New York Times informó en agosto que Washington exploraba figuras de liderazgo alternativas, en un plan descrito como “más una alteración del régimen que un cambio de régimen”. En abril, una delegación estadounidense ofreció acceso a Starlink. En septiembre se filtró una oferta de petróleo e inversiones a cambio de la salida de Díaz-Canel y la privatización de Cupet, presentada a través de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro.
Pero el problema lo formula con precisión Evan Ellis, profesor del U.S. Army War College: “El problema difícil casi nunca es derribar las defensas. El problema difícil es, una vez iniciada la acción militar, asegurar tus objetivos sin tener que ocupar físicamente el territorio.” Y añade la distinción decisiva: “Es mucho más fácil que Irán, pero puede resultar más difícil que Venezuela“. En Venezuela, la captura de Nicolás Maduro abrió espacio para que figuras senior negociaran con Washington, mientras que en La Habana puede no existir una facción obvia dispuesta a cooperar si se elimina a Castro o a Díaz-Canel.
Axios ya señaló el 28 de mayo que Washington no había identificado una figura de transición comparable a la contemplada en el caso venezolano. Y aquí está el riesgo existencial real: si la operación elimina a la cúpula sin un interlocutor alternativo, el resultado no sería la democracia, sino la fragmentación territorial, con milicias, bandas, tráfico de personas y de drogas, y un flujo migratorio permanente. Ese es el peor resultado posible para Estados Unidos y es más probable que la transición ordenada que Washington dice buscar.
El secretario de Estado Marco Rubio reiteró una oferta de 100 millones de dólares en ayuda humanitaria canalizada exclusivamente a través de organizaciones confesionales como Cáritas, con la condición expresa de que no toque al gobierno. Es ayuda real —módulos de alimentos e higiene que llegan a Santa Clara, Cienfuegos, Camagüey, Ciego de Ávila, Matanzas y Pinar del Río— y al mismo tiempo un instrumento de construcción de legitimidad alternativa y de deslegitimación del Estado cubano como proveedor.
La prevención como única victoria posible

Tras analizar el desgaste militar de Estados Unidos, el colapso de Florida y el aislamiento jurídico internacional, la conclusión es inevitable: una guerra contra Cuba no tiene ganadores.
Estados Unidos tiene el riesgo de convertir una política de presión en un conflicto regional difícil de controlar, con repercusiones en su propio territorio: un éxodo que llegaría a Florida en horas, se redistribuiría después hacia decenas de estados y vendría acompañado de un flujo inverso de salida de población y de empresas desde el propio sur de Florida; un encarecimiento del tráfico en el golfo y el canal de Yucatán que golpearía sus propias refinerías; un arsenal ya agotado por Irán; unas elecciones de medio término con el 17 % de apoyo; y un aislamiento hemisférico cuyo expediente jurídico ya está escrito por relatores de la ONU, por CARICOM y por cuatro de sus propios congresistas.
La prevención de la escalada requiere tres cosas concretas, y ninguna exige que ninguna de las partes renuncie a sus principios:
- Distinguir entre amenazas, preparativos y decisiones efectivas, porque confundirlas produce errores de cálculo en ambos sentidos.
- Mantener y ampliar los canales diplomáticos, incluidos los que ya funcionan de facto a través de Cáritas.
- Ampliar el canal humanitario sin condicionalidad política, que es la única medida inmediata, de bajo costo y mutuamente aceptable disponible hoy.
El informe del Cuba Study Group del 2 de septiembre y la declaración de los Procedimientos Especiales del 6 de agosto apuntan, desde posiciones ideológicas opuestas, a lo mismo. Ben Rhodes, arquitecto del acercamiento de Obama con Cuba, ofreció en septiembre el diagnóstico de motivación más incómodo: la política ha exacerbado la crisis humanitaria, hay que anticipar una posible intervención militar, y “Marco Rubio quiere ser el hombre que pueda decir que consiguió un cambio de régimen en Cuba“.
Las guerras que nadie quiere suelen empezar así: no por decisión, sino por disponibilidad. Una vez que el Pentágono ha producido opciones, ha reconocido el lecho marino, ha preposicionado medios y ha pedido brigadas de policía militar, la opción existe y alguien la usará si se presenta la ocasión.
La pregunta final no es si Estados Unidos puede derrotar militarmente a Cuba. Puede. La pregunta es si una victoria inicial justificaría los daños humanos y económicos, y si Washington podría alcanzar sus objetivos sin una ocupación prolongada ni una crisis regional.
Antes de recurrir a la fuerza, la administración tendría que explicar qué resultado busca, cómo piensa alcanzarlo y cómo evitaría que el costo de la guerra recayera sobre civiles de ambos países.
Porque al final, la única victoria posible en esta historia es la que evita que la guerra comience.
Esta es la tercera y última parte de la serie “Guerra contra Cuba”. Lee la Parte 1 y la Parte 2.
