
La reciente escala en España del canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla tuvo un objetivo concreto: sostener encuentros oficiales con autoridades españolas para reforzar el diálogo político y la cooperación bilateral, en medio de la compleja situación económica que atraviesa Cuba.
Leer Mas: Canciller cubano en España: un intento fallido de protestaDurante su paso por Madrid, Rodríguez Parrilla se reunió con su homólogo español y abordó temas clave como la ayuda humanitaria, la relación bilateral y la participación de Cuba en próximos espacios multilaterales. Una visita breve, institucional y claramente enfocada en la diplomacia.
Sin embargo, fuera del salón oficial, un reducido grupo de cubanos intentó llamar la atención con gritos y consignas. El resultado fue todo lo contrario: su protesta no logró alterar la agenda ni generar el impacto que buscaban. Las autoridades cubanas mantuvieron el curso del programa, mientras que la policía española actuó con normalidad, evitando cualquier incidente mayor y dejando claro que no se permitiría que un acto aislado desluciera una visita oficial.
El contraste fue evidente. Mientras el canciller cumplía una agenda diplomática formal, el intento de provocación quedó en nada, sin respaldo ni eco real. Lejos de proyectar fuerza, la escena terminó siendo más ridícula que influyente, especialmente frente a un contexto internacional que exige seriedad y resultados.
Menos de una decena de personas logró reunir una convocatoria que que llevaba días publicada en redes sociales. Sin embargo, esta no logró movilizar lo suficiente como pretendieron en un inicio sus organizadores. Tampoco contó con el impacto y alcance en las redes como presumieron sus participantes.
Al final, el mensaje fue claro: la visita del canciller cubano avanzó según lo previsto y los gritos se quedaron, literalmente, en el aire. Cada vez, el mensaje de odio y rencor, cuenta con menos oídos para ser escuchado.
