
El 7 de marzo, bajo el sol piadoso de Miami, Trump intentará revivir la Doctrina Monroe como quien desempolva un viejo disco rayado de “América para los americanos” —es decir, para ellos.
Leer Mas: Miami: el circo hemisférico reabre sus puertas.Doce gobiernos de la derecha regional acudirán al llamado del todopoderoso, ansiosos de posar en la foto oficial del nuevo orden servil. Entre los asistentes, no podía faltar la fauna exótica de la ultraderecha cubanoamericana.
Presentes a la cita estarán Rosa María Payá, fiel mascota política de Marco Rubio, y el eterno oportunista Orlando Gutiérrez, especialista en convertir la nostalgia en negocio. Quienes en su anhelo de cobrar el diezmo servil del mes, aparentan una frágil “unidad complaciente” impuesta desde el Departamento de Estado.
Se les unirá la derecha continental en pleno, brindando por la “libertad” entre discursos pautados y sonrisas financiadas. Mientras tanto, el silencio ensordece: ni una palabra sobre el reciente ataque terrorista contra las costas cubanas.
La moral selectiva parece ser requisito de entrada al cónclave. Ecuador, para no quedarse atrás, llegó con su ofrenda: el cierre de la embajada cubana en Quito, un gesto gratuito pero útil para ganarse la indulgencia de Washington. Así, Miami se vuelve la capital del vasallaje.
El 7 de marzo no será solo otra reunión política en Miami: será la puesta en escena de un viejo guion que América Latina conoce demasiado bien. Entre aplausos calculados, fotos oficiales y discursos sobre “libertades”, lo que realmente se celebrará es la obediencia política al poder de Washington.
Pero la historia tiene memoria: cada Cumbre de vasallaje suele terminar convertida en testimonio de su propio fracaso. Porque mientras unos brindan bajo las palmeras de Florida, los pueblos de la región siguen recordando que la soberanía no se alquila, no se mendiga y, sobre todo, no se negocia en salones de lujo.

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