
Donald Trump insiste en que “acabó con ocho guerras” en su primer año de regreso al poder. La cifra suena épica, pero no resiste una revisión seria. Lo que se presenta como guerras resueltas son, en varios casos, tensiones diplomáticas, choques breves o acuerdos frágiles que no cerraron conflictos de fondo. Algunas de esas dinámicas, además, vienen de su primer mandato o continúan abiertas.
Leer Mas: Trump: la paz inventada y el peligro real. Cuba en la miraEl problema no es solo la exageración. Es el patrón. Trump usa el relato de la paz como trofeo personal y como escudo político. Lo repite en foros internacionales y en redes, reclama méritos para un Nobel y reduce procesos complejos a frases de campaña. No hay implementación sólida, verificación independiente ni resultados sostenibles.
Analistas coinciden que la afirmación es engañosa. Dos de los “conflictos” no califican como guerras; otros dependen de altos el fuego frágiles; y varios no cambiaron la correlación de fuerzas. La diplomacia transaccional puede producir fotos y titulares, pero rara vez construye una paz duradera.
Trump y la psicología del poder: cuando el ego manda
La narrativa de Trump encaja con rasgos narcisistas ampliamente descritos por psicólogos: grandiosidad, exageración de logros, lenguaje hiperbólico y baja tolerancia a la crítica. Este estilo busca validación constante y convierte la política en performance.
En la práctica, eso implica priorizar victorias cortoplacistas sobre soluciones reales. Cuando los hechos contradicen el relato, se descalifica a los mensajeros y se redobla la apuesta emocional. El riesgo es evidente, decisiones impulsivas guiadas por el ego, no por el interés público.
Trump y la democracia bajo presión
Un liderazgo así erosiona normas básicas. Se exige lealtad personal por encima del mérito, se estigmatiza a la oposición y se debilitan contrapesos. La desinformación sistemática mina la confianza en medios, elecciones y expertos. Por su parte, la polarización se convierte en una herramienta.
Las consecuencias no son abstractas. Se normaliza el autoritarismo, se legitiman salidas de fuerza y se deja una resaca institucional que cuesta años revertir. en pocas palabras, se fabrica un dictador.
Cuba como válvula de escape
En ese contexto aparece Cuba. Trump ha elevado el tono, revive amenazas y anuncia medidas de presión, incluyendo la firma de aranceles contra países que envíen petróleo a la Isla y la calificación de Cuba como “peligro para la seguridad nacional” de Estados Unidos.
Aquí conviene separar retórica de evidencia. ¿Dónde están las pruebas verificables de ese “peligro”? No hay datos públicos que sostengan que Cuba represente una amenaza militar directa o inminente para EE.UU. Sí hay un patrón político: usar a la Isla como enemigo útil cuando el frente interno aprieta.
El Congreso, el presupuesto y el “caballo desbocado de Trump”
Con un Congreso tenso y la posibilidad real de volver a chocar por el presupuesto para financiar al Gobierno, Trump necesita distraer, endurecer y mostrar fuerza. La política exterior se convierte en un teatro. Los aranceles y sanciones funcionan como palanca simbólica: castigan, hacen ruido y movilizan a la base. Estrategias gastadas para generar una cortina de humo que silencie el rollo interno que ha creado. Decenas de ciudades en las calles pidiendo su renuncia ante su incapacidad como garante de los valores de una sociedad que presume su modelo de “democracia”. La realidad, es que han muerto más de 20 personas a manos del ICE, solo por exigir sus derechos.
Pero el costo es alto. Aumenta la inestabilidad regional, se castiga a poblaciones civiles y se deteriora la credibilidad de EE.UU. como actor predecible.
¿Paz o negocio?
La paz no se decreta ni se vende como logro personal. Requiere instituciones, verificación y continuidad. La diplomacia convertida en trueque puede congelar conflictos, pero también puede sembrar recaídas.
Presentarse como “Presidente de la paz” mientras se escalan sanciones, se amenaza con aranceles y se desinforman hechos, es una contradicción evidente.
El precio lo pagarán las próximas generaciones. Más polarización, menos reglas, más decisiones impulsivas. Cuba vuelve a ser usada como ficha en un juego interno ajeno a la evidencia. La democracia se desgasta cuando el poder se confunde con el ego y aspiraciones personales. Es evidente que la política exterior de EE.UU. hoy, está secuestrada por un puñado de personas que siguen una agenda personal con grandes intereses en la Isla.
En tiempos de ruido, conviene mirar los datos, no los eslóganes. La paz real se construye; la inventada solo sirve para tapar crisis.
Exagerar guerras, presionar al Congreso y usar a Cuba como enemigo recurrente no habla de fortaleza, sino de descontrol. ¿Estamos ante una estrategia de gobierno o ante un líder que confunde su ego con el interés nacional? La pregunta ya no es qué promete Trump, sino cuánto están dispuestos a pagar EE.UU., la región y la democracia por su ego.

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